8 de la mañana. Los rayos de sol se afanan por conquistar el cielo un día más, mientras que los charcos de agua dejan constancia de la lluvia que regó una atípica y gélida noche de Abril.
El sueño acumulado durante varios días te deja en un estado de semi-inconsciencia, que sólo se ve alterado al tropezar con uno de esos fríos charcos. Te arrepientes de la hora en la que anoche te acostaste debido a ese placer mundano al que llaman ocio, aunque sabes que una y otra vez volverás a caer en sus garras. En definitiva, qué sería la vida sin esos vicios…
La parada del autobús brinda cobijo ante el frío y el calor, ante el viento y el cansancio con su techo y sus incómodos pero, a veces, deseados bancos. “Los autobuses son como las parejas en potencia. Siempre aparece aquel que no quieres coger, y esperas al siguiente porque sabes que, en algún momento, llegará el deseado. Sin embargo, no siempre habrá sido la mejor elección”. Un solo de Mark Knopfler te devuelve a la realidad. Sonries por la metáfora mediocre que acabas de formular. A estas horas no puedes pensar de forma más lúcida…
Coges un autobús que te lleva hasta el metro. “Quizá esperar a este autobus haya sido la mejor opción o quizá no…pero es que a veces no te importa…al menos por ahora”. La dispersión de las grandes ciudades genera estas peregrinaciones diarias en hora punta: gente que se dirige al trabajo, a ver su pareja, a un hospital… Miles de vidas que se cruzan, miles de personas que ni se dirigen una mirada: soledad dentro de la multitud. Gente como autómatas que tienen memorizado el camino, que no levantan la vista del suelo, y sólo escapan de su estado predefinido para no tropezarse con otros autómatas.
Quizá sea una visión muy deshumanizada, quizá las grandes ciudades sean así, o quizá simplemente sea necesaria una buena dosis de cafeína.