Te conocí en aquella fiesta, tu inmadurez desbocada, mis manos atadas, dos mentes distintas que no reaccionaron. Pero la vida es como un reloj cuyas manillas cruzan las tres menos cuarto insaciablemente. Y a esa hora, años más tarde, hubo reacción. El catalizador, tus lágrimas; el producto, miradas que devoran; y el escenario, ese coche con cristales tintados. “Si estás huyendo de él, puedo entenderte” le dije, “Puedo darte lo que necesitas ahora, aunque no perdure”. Y ésta no es una historia de amor, así que no tiene grandes finales, ni felices ni tristes. Simplemente, un par de meses sin rumbo y una despedida consecuente.



Me aburreMe gusta (+2 puntos)
Loading ... Loading ...


Dejar un comentario

Subscribe without commenting